Nara Flores Orgullo Sanisidrense
En el partido de San Isidro, las fronteras no siempre se miden en kilómetros; a veces se definen por la textura del suelo. A pocas cuadras de las carpetas de césped sintético e impecable de los clubes tradicionales de la zona, la bocha de hockey no desliza suave: rebota entre piedras, esquiva cascotes y se tuerce sobre la tierra seca de una plaza barrial. Ahí, en el corazón de La Cava, Nara Flores aprendió que la técnica se adapta al terreno, pero que la dignidad y la pasión no se negocian.
Nacida y criada entre los pasillos del barrio, la relación de Nara con el palo y la bocha empezó por casualidad, siguiendo los pasos de su hermana en el Campo 1 del municipio. Tenía apenas unos años cuando descubrió la disciplina, pero el contexto económico interrumpió el idilio a los 12. En un universo deportivo donde las cuotas, los equipamientos y los traslados suelen levantar barreras invisibles pero infranqueables, el hockey parecía una ilusión ajena. Hasta que el deporte volvió a buscarla a su propia casa, esta vez en forma de una escuelita social montada en una plaza del barrio.
Allí transcurrió su adolescencia. La cancha no tenía riego automático ni líneas demarcadas profesionalmente, pero sobraba pertenencia. Sin embargo, el verdadero salto de Nara ocurrió cuando le tocó ponerse del otro lado y convertirse en la referente y entrenadora del espacio. Enseñar hockey en La Cava es una tarea que trasciende el aspecto táctico: implica lidiar con los días en que la lluvia anega la tierra por semanas, negociar turnos de uso con los pibes que juegan a la pelota y, sobre todo, aprender a leer el pulso del barrio. Hubo tardes donde el entrenamiento debió suspenderse o resguardarse bajo techo porque la violencia de las bandas en los pasillos volvía peligroso permanecer al aire libre; otras donde la urgencia pasaba por garantizar que las jugadoras tuvieran saldo en la tarjeta SUBE para poder viajar a un torneo fuera del barrio.
Frente al desgaste y las realidades complejas de cada hogar, la escuelita se consolidó como un oasis. Nara convirtió esas dos horas de práctica en un refugio donde los problemas cotidianos quedaban en pausa y donde nunca faltaba la merienda caliente para cerrar la jornada. Esa misma perseverancia que aplicaba en la cancha comenzó a exigirle un compromiso con su propia vida. Mamá joven, con responsabilidades multiplicadas y postergaciones acumuladas, Nara entendió que para transmitirles a sus jugadoras la premisa de no rendirse, ella misma debía completar sus deudas pendientes. Se anotó en el secundario nocturno, sorteó horarios imposibles entre la crianza y la cocina, y finalmente obtuvo su título rodeada por el abrazo y los aplausos de sus dos hijas.

Ese esfuerzo no tardó en resonar más allá de las fronteras locales. Su labor comunitaria, articulada con organizaciones sociales, llamó la atención del programa internacional de jóvenes líderes del Manchester City y Love Fútbol. La chica que soñaba con pisar una cancha sintética al mirar la infraestructura de los colegios privados de la zona se encontró, de pronto, subida a un avión por primera vez en su vida con destino a Inglaterra. En las instalaciones del club británico, Nara compartió experiencias, dictó clínicas de hockey en los predios de una de las potencias del fútbol mundial y regresó con la certeza definitiva de que su camino apenas comenzaba.
Hoy, Nara Flores cursa el profesorado de Educación Física y forma parte de la Secretaría de Deportes de San Isidro, llevando adelante programas de inclusión en los sectores de mayor vulnerabilidad del municipio. De la plaza de tierra al césped de Manchester, su historia demuestra que el deporte, cuando se milita desde las entrañas del territorio, no solo enseña a parar la bocha, sino que abre caminos donde antes solo había paredones.
Redacción Sociedad




